Mea culpa
Que ni hablo ni manifiesto. Pero por mucho que pase páginas, nunca la palabra es la adecuada. Intento buscar las correctas y siempre me equivoco. Así que es mejor permanecer en silencio.
Que siempre estoy seria. Pero es que no encuentro motivo para enseñar mis dientes, si en cada uno de mis intentos de hacer algo bien, tú te empeñas en clavarle la puntilla. Nada está bien. Ni siquiera cuenta la buena intención, nada es suficiente. No para ti, que te has empeñado en sacarle punta a todos mis días.
Recuerdo aquella vez que mi hermano hizo las camas, por prescripción mía. Ya que no vas a clase, etcétera. Y mi tentativa de otorgarle todo el mérito, incluso el de la iniciativa, la convertiste en una hoja de doble filo. Ya ves, detalles que tú nunca tienes con nadie. ¿Nunca? ¿Es posible que mi realidad esté tan distorsionada? ¿Me invento mi día a día?
Recuerdo aquella vez en que puse el lavavajillas con una pastilla diferente a la que habías dejado encima de la mesa. Y tuviste argumento para elaborar un monólogo de veinte minutos. Sin respirar. Jamás entendí qué importancia podía tener aquella nadería. Los platos estaban limpios.
Recuerdo, cuando vivía a 120 km, la desaprobación implícita en el silencio, a través del teléfono, tras el anuncio de que ese fin de semana no bajaba. Tú misma. Y un chasquido.
Tengo clavada en la memoria tu cara, cada día, cuando me inspeccionas de arriba abajo, y te paras en el dobladillo de mis pantalones. Demasiado largos. Y sí, dije que no iba a salir. Pero ha habido cambio de planes ¿tanta importancia tiene que cambie de opinión? Pues la tiene. Al menos, eso se deduce de la retahíla de reproches que convierte cada hora del viernes noche en una infracción.
Recuerdo la protesta telefónica cuando te dije, desde aquella carretera, que el coche me había dejado tirada. Menos mal que no estaba sola, menos mal que estaban ellos para hacerme compañía. Ahí te quedaste esperando que entonara el mea culpa para redimir el pecado de haber conducido de noche, de no obedecer tu mirada de censura.
No soportas que no soporte a mi prima. Ni que me vaya de fin de semana. Ni que pase la tarde del domingo leyendo junto a la ventana. No entiendes que me guste esa música, ni que adore a Pérez.Reverte, que reposa en mi estantería junto a Nietzsche. Ni que haya dejado de ir a misa y adorar imágenes. Ni que deseé volver a ser independiente. Me quieres aquí, pero nunca está del todo bien.
Pero tampoco lo dices. Simplemente, levantas la mirada, altiva.
Y después de toda una vida así, ¿me reprochas que yo la baje? ¿Qué pretendes que haga con mis genes y mi sentimiento de inferioridad?


niña azul dijo
Sólo tú puedes podar ese árbol. Sólo tú puedes hacer que crezca. No esperes a que te den permiso para levantar la mirada.
13 Marzo 2006 | 12:56 PM